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domingo, enero 11, 2015

REPORTE ESPECIAL

Morir a tiempo

Apasionado del trabajo periodístico hasta sus últimos momentos, Julio Scherer García dejó escritas estas desgarradoras páginas, testimonios crudos de sus vivencias en medio de las enfermedades y el sufrimiento que lo agobiaba desde junio de 2012 hasta la madrugada del miércoles 7. Llegó a ver cercana la muerte, se asomó a su abismo y quizás deseo caer en él, al imaginar con repudio la posibilidad de una vida inútil. De todo ello da cuenta en estas cuartillas, trazadas con su prosa, punzante y dolorosa a la vez, magistral como siempre.
Por Julio Scherer García
Proceso 1993 / 11 de Enero de 2015

Una pesadilla me arrojó fuera de la cama. Cuatro sujetos salidos de no sé dónde pretendían violarme. Ya me habían despojado del cinturón y se empeñaban en bajarme los pantalones. Yo gritaba manoteando, pateaba y en una de ésas me vi en el piso de la recámara. Mi cabeza había rebotado contra la madera dura de un sillón y yo sentí que me abrí en pedazos. Me asustó un calor desconocido que me recorría la espalda. Quise mover las manos y las encontré sin fuerza. Los dedos también estaban inertes. Algunos de mis hijos ahí presentes me pidieron que procurara moverme a fin de acomodarme en una silla. El propósito resultó inútil. Me encontraba paralizado.
El viaje en ambulancia hasta Médica Sur fue a toda velocidad, enloquecedora la estridencia chillona de la sirena del vehículo. Me acompañaban dos de mis hijas. Yo sentía la muerte y la deseaba como una obsesión. No tuve un pensamiento para Dios o el más allá, una añoranza para Susana, algunas palabras silenciosas para mis hijos, para mis amigos hermanos, para los muchos que me han dañado. Tampoco supe del arrepentimiento por la vida torpe que había llevado. La ambulancia llegó finalmente y, en el quirófano, la obscuridad me envolvió.
Al despuntar la borrosa claridad después de la cirugía, fracturada la cadera, sentí que mi cuerpo estaba hecho para el dolor. No habría podido distinguir entre la tortura que desgarra el estómago y los estragos de una muela podrida que destroza la boca. Entreabrí los ojos y vi a Adriana, su rostro tan cerca del mío como si se dispusiera a abrazarme.
-Papito -escuché en un tono desgarrado.
-Ya suéltenme -alcancé a decirle.
-Papito -repitió bañada en lágrimas.
-Hija, no quiero vivir días inútiles cargados de sufrimiento.
Con las fuerzas que me quedaban, alcancé a decirle:
-Me quiero ir.
-Voy a hablar con mis hermanos -me dijo.
En las reuniones familiares algunas veces habíamos hablado d ela muerte. Yo decía que la vida no se había hecho para que ésta durara, que había un momento en el cual uno debería irse.
Cuento todo esto sin pesar. No me tengo lástima.

***

En el tiempo en el hospital conocí las alucinaciones, voces destempladas que me aturdían con un lenguaje áspero. Resentí los puñetazos sobre el rostro y el cuerpo. Vi caras desconocidas en mi cuarto de terapia intensiva. Las contemplé multiplicadas en los días inacabables de hospitalización. En el piso vi piojos güeros y gordos que me devoraban.
Los delirios me acosaban. Sin noción, la semiinconsciencia persistía hasta que la claridad del día se transformaba en una sombra densa. En la tortura supe de Susana abandonada en la niebla. Supe también de mis hijas, a disposición de monstruos sin nariz. Contemplé serpientes blancas y leones negros de tamaño descomunal.
Una enfermera me despertó con voz súbita:
-¿Qué pasa? -acerté a decir.
-Gritaba usted, don Julio.
Yo miraba a la mujer de bata blanca, asustado y sin duda con fiebre alta.
-No pasa nada, tranquilo -me dijo.
-No me quiero volver a dormir.
Como si de un momento a otro hubiera dejado de existir como persona, la bata blanca, dispuso:
-Le vamos a dar una pastilla.
-No quiero.
-La va a tomar.
El reloj del hospital pareciera concebido para las personas ansiosas de vivir una eternidad. Ese tiempo transforma los minutos en horas y las horas en días. En esta quietud yo permanecí atento a mi lenguaje y confirmaba que ya no era el de antes. Me mantenía sensible a su falta de continuidad, una fluidez que añoraba y se había ido. También extrañaba la flojedad en mi capacidad de concentración.
Conversaba apenas en la intimidad, la única a la que tenía acceso, y me protegía con monosílabos y frases hechas. Cerraba los ojos y fingía dormir para disfrazar los abismos depresivos en los que caía con frecuencia. A mis hijos los veía con sentimientos que no encajaban entre sí. Había en mí una actitud de reproche porque no me habían soltado en el momento preciso, listo como estaba para la muerte. Pero había también una emoción avergonzada, sus ojos en los míos entregados a la comprensión y el amor.

***

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