SE REANUDA LA LIGAMX LEÓN VS MAZATLÁN

lunes, abril 27, 2009

PRIMERA PARTE



EL RITUAL DE ZAPATA
Emiliano Zapata sigue vivo mucho tiempo después de su muerte. Los gobiernos de la Revolución y aun los gobiernos de la Contrarevolución usaron su nombre y efigie para sus propósitos. En este recuento pormenorizado, Felipe Ávila –integrante del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, considerado uno de los más relevantes estudiosos del zapatismo, en la era post-Womack- nos ofrece este retrato de Zapata que va de criminal a héroe agrarista, después a simbolizar la unidad nacional y, finalmente, a representar su opuesto: las reformas contra el campo creado por la Constitución de 1917 y, ahora, un personaje que a la derecha le resulta incómodo.
Por Felipe Ávila Espinosa
Publicación mensual de la revista Proceso . Bi-Centenario No. 2 Mayo de 2009

Emiliano Zapata fue asesinado a traición el 10 de abril de 1919 en la hacienda de Chinameca, Morelos, luego de que Jesús Guajardo –oficial a las órdenes de Pablo González, uno de los generales más cercanos a Venustiano Carranza- simulara un distanciamiento con el carrancismo y un acercamiento con Zapata. La muerte del caudillo suriano fue festejada por la prensa oficialista, la cual, desde 1911, había elaborado la leyenda negra de Zapata, el Atila del Sur. A su asesino se le rindieron honores de héroe y se le ascendió. Hasta entonces, ante la opinión pública nacional se había presentado a Zapata y a sus seguidores como una horda de delincuentes, robavacas y criminales. Sus enemigos políticos y las élites económicas los habían denigrado y estigmatizado con un discurso cargado de prejuicios raciales y culturales, intolerante y agresivo. Con Zapata, los diarios de la época se dieron gusto caricaturizándolo como alacrán, toro, salvaje, como Atila. Lo ridiculizó no sólo la prensa porfirista, sino también la maderista. De él, el diario Nueva Era, órgano oficial del partido de Madero, dijo:
“Lo más probable es que Zapata no abrigue verdaderos ideales ni tenga siquiera los más indispensables conocimientos, la buena fe y la abnegación necesarias para ello. Es un hombre completamente rudo, salido de entre los campesinos más humildes, sin instrucción de aulas, sin libros, sin trato de gentes…”
Y el propio Madero, en su primer informe de gobierno como presidente del país, declaró: “Por fortuna, ese amorfo socialismo agrario, que para las rudas inteligencias de los campesinos de Morelos sólo puede tomar la forma de vandalismo siniestro, no ha encontrado eco en las demás regiones del país”.
Luego de la muerte de Zapata, a mediados de 1919, los líderes sobrevivientes del movimiento, como Gildardo Magaña y Genovevo de la O, si bien continuaron en armas contra Carranza, tendieron una alianza con Obregón, quien por esos días esta organizando su rebelión contra Carranza, con el objetivo de alcanzar la Presidencia de la República que don Venustiano se había empeñado en impedirle. En estallar la rebelión de Agua prieta, encabezada por Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta, sus partidarios sonorenses, Obregón se refugió en Morelos y cuando triunfó la rebelión y Carranza fue asesinado, hizo su entrada triunfal acompañado por algunos de los dirigentes zapatistas más importantes.
Una vez en el poder, los líderes sonorenses, los verdaderos triunfadores de la Revolución, muy pronto se abocaron a construir su propia legitimidad revolucionaria, presentándose como quienes continuaron y profundizaron el proyecto de Madero y quienes le dieron contenido social a la Revolución. La figura de Zapata les era particularmente útil para ello. Por lo tanto, la imagen negativa de Zapata prevaleciente se fue transformando y adquiriendo valores positivos. De bandolero intransigente, se convirtió en el “apóstol del agrarismo”, y no sólo eso, sino que fue adquiriendo el status de uno de los padres fundadores del México moderno. No fue fácil hacer esa conversión y esa revaloración de Zapata, puesto que en vida había combatido a Madero y al constitucionalismo y había sido asesinado por enviados de Carranza. No obstante, ningún otro personaje de la Revolución encarnaba mejor que Zapata el contenido social de la Revolución. A través de una revaloración a modo de la figura de Zapata, destacando los aspectos que les convenían y ocultando otros, los sonorenses buscaron el apoyo de los grupos campesinos y populares que habían ido convirtiendo al Caudillo del Sur en el símbolo de su lucha.
La muerte trágica de Zapata, a traición, facilitó esa conversión. Desde su asesinato, fue creciendo el mito de Zapata y su imagen como mártir, sacrificado por sus ideales y justicieros. El culto cívico de Zapata comenzó a ser utilizado por el gobierno obregonista, y luego por el de Calles, como uno de los pilares de la nueva ideología de la Revolución, y ésta fue empleada para ir fortaleciendo la identidad nacional forjada tras la lucha armada. La identidad nacional fue presentada como sinónimo del Estado surgido de la Revolución. El apoyo campesino era indispensable para esos fines.
Por ello, los aniversarios luctuosos de Zapata, cuyos restos enterrados den el cementerio de Cuautla a partir de 1920 congregaron a sus partidarios y admiradores más fieles, pronto tuvieron la visita de funcionarios del gobierno obregonista. El propio Obregón, en marzo de 1923, en Cuernavaca, hizo un elogio de los zapatistas y se refirió a ellos como “los mejores representantes de uno de los ideales surgidos del corazón de la Revolución, y ese es el ideal agrario”[1]. Además de esa reivindicación ideológica, Obregón buscó consolidar el apoyo de los grupos campesinos y dio mucha mayor importancia a la reforma agraria que su predecesor Carranza. Paralelamente, ofreció puestos políticos y militares a algunos de los principales líderes zapatistas sobrevivientes y obtuvo el apoyo del Partido Nacional Agrarista, fundado por el antiguo militante zapatista Antonio Díaz Soto y Gama. Ese partido se convirtió en uno de los principales sostenes y legitimadores de la presidencia de Obregón. Entre los veteranos zapatistas es conversión agrarista del obregonismo fue bien recibida. En Morelos se hizo efectiva antes que en otros lugares la reforma agraria, y los exzapatistas, así como los familiares del caudillo suriano, fueron objeto de reconocimientos y homenajes.[2] Los exzapatistas aliados a Obregón justificaron dicha alianza presentando a éste como continuador de los ideales de Zapata.
No obstante, durante el obregonismo el gobierno federal como tal no promovió la celebración oficial de las principales efemérides de los héroes de la gesta revolucionaria, las cuales fueron hechas por las fuerzas políticas, asociaciones civiles y partidarios de los distintos personajes. En el caso de Zapata, sus conmemoraciones luctuosas fueron organizadas por la Confederación Nacional Agraria y el Partido Nacional Agrarista, encabezados por los antiguos zapatistas Gildardo Magaña, Antonio Díaz Soto y Gama y Manuel Mendoza López, así como por el gobernador de Morelos, José N. Parrés. Entre los asistentes a las ceremonias estuvieron generales, diputados y funcionarios miembros de la clase política de la época más identificada con los ideales agrarios. Sin embargo, ni Obregón ni los miembros de su gabinete ni los gobernadores asistieron personalmente, sino que nombraron a representantes. Los eventos incluían un desfile militar y un acto cívico en la plaza principal de Cuautla, así como veladas literarias.[3]
[1] Thomas Benjamín, La Revolución Mexicana…, obra citada, p.102.
[2] Samuel Brunk, “Remembering Emiliano Zapata: Three Moments in the Popsthumous Career of Martyr of Chinameca”, Hispanic American Historical Review, 78:3, p. 466.
[3] El Universal, 8 y 9 de abril de 1921; 10 de abril de 1922; 9 y 11 de abril de 1923.

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