Desde principios del año 2012, ya una sombra negra comenzaba a recorrer el ambiente político del país, dejando a su paso, una estela de incertidumbre y pavor, originada por la confabulación de dos de los entes más perversos y podridos que mantienen sumido a México en la miseria, ignorancia y desesperación.
Se trataba de Televisa y el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que decidieron construir una alianza en torno a un personaje pueril y torpe, mismo que se erigiría en la posterioridad como la palanca entreguista y destructora de los bienes sociales y naturales de la nación; me refiero, claro está, a Enrique Peña Nieto.
Tras el pésimo gobierno del panista Felipe Calderón Hinojosa, que llevó al desplome de su partido en la contienda presidencial de 2012; los mismos errores de la izquierda y las trapacerías del priismo, empresarios y medios de comunicación, el PRI, partido referente de la corrupción, arriba de nueva cuenta a la presidencia de la República; los nubarrones se ennegrecían aún más y los presagios dejaban de serlo para convertirse en desoladoras realidades.
Peña Nieto era ungido presidente y con ello se preveía una oleada de manifestaciones ciudadanas, cuyo mayor sentido se encontraba en la señal que le enviaban a EPN, de no ser aceptado y por el contrario, repudiado por la forma burda en que construyeron su candidatura y por la evidente compra de votos en la contienda referida; sin embargo, eso tan sólo era el preludio de lo que más adelante se presentaría.
Ya como jefe del Ejecutivo y dejando a un lado sus promesas de campaña, Peña Nieto echó a andar la maquinaria reformadora en materia laboral, educativa, hacendaría, política, electoral y terminando con la más controvertida de ellas, la energética.
Aun cuando los argumentos mayormente señalados por los legisladores para llevar a cabo dichas reformas fueron la competitividad y la supuesta dinamización de la economía, en ningún caso fueron presentados estudios que, efectivamente, así lo pudieran garantizar, y menos aún, se tomó el sentir de los ciudadanos; la percepción mayoritaria es que estas modificaciones son regresivas y lesivas para el grueso de la población, y que sólo benefician al sector empresarial nacional y extranjero, situación que ha sido evidenciado por diversos especialistas en distintos foros.
Es así, que este 2013, quedará marcado como uno de los años más lamentables en la historia de México; como un año donde los contrapesos políticos, simplemente no existieron y el Estado aplastó a los ciudadanos; un año negro que impedirá el mínimo de desarrollo social que hasta antes del mismo se venía consiguiendo; un año significado por la ausencia de líderes estadistas, y sobrada presencia de políticos corruptos, que atendieron a intereses de clase y no de la base poblacional; un año, que llevará el peso del desastre social venidero; un año, que lejos, muy lejos de acortar la brecha entre ricos y pobres, volverá más selecto al primer grupo de ellos, y vapulea a los segundos; un año, que deja como secuela inmediata, un panorama desolador, pues la clase política no es representativa de la sociedad, y esta última, no da visos de organización. Estamos ante una carrera de resistencia, que sólo se perderá... si se deja de correr...
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