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viernes, febrero 28, 2014

JOSÉ EMILIO PACHECO

El que no se va
En un ejercicio que ejemplifica la imperfección de la memoria con el objeto que ésta evoca, Variopinto se dio a la tarea de reconstruir la figura literaria de José Emilio Pacheco, fallecido el pasado 26 de enero, para honrarlo como es debido. Su recuerdo es elusivo y engañoso: el José Emilio verdadero yace ahora y siempre en el legado de su obra.

Por Pável Granados
Variopinto Febrero 2014 p. 46

Para entender a José Emilio Pacheco hay que tener una cosa muy clara: que la nostalgia es un engaño. Que todo lo que hay es una construcción que inventamos y en la cual quisiéramos habitar. Cuando, hace años, se inauguró el segundo piso del Periférico, José Emilio dijo: "Con esta construcción podemos declarar destruída para siempre la Ciudad de México que conocíamos".. Porque ese bello pasado tiene una sola característica: cuando era presente era insoportable. Un presente que le fue insoportable a Joaquín Fernández de Lizardi, lo mismo a fray Servando Teresa de Mier y a Guillermo Prieto. Ignacio Ramírez escribió su primer texto en las orillas de las hojas de periódico que encontraba tiradas en la calle. Cuando le preguntaron: "¿Qué es lo que más le gusta de México?", respondió: "Veracruz, porque por allí se sale". El compositor Melesio Morales triunfó en Italia; cuando volvió a México, Ignacio Manuel Altamirano lo recibió en la estación de Buenavista y le dijo: "¿Pero por qué has vuelto a México? ¡Salvate tú que puedes!" La capital era un pedacito de diez kilómetros cuadrados, y no todas las calles eran transitables. Sólo los estudiantes y los escritores que pasaban por las calles con sus libros eran respetados por los asaltantes. Conque de tan antiguo es adverso este país para los escritores...
Con el fino trazo de su pluma fuente, José Emilio Pacheco le fue poniendo tache a cada una de nuestras esperanzas. ¿El Porvenir? Tache. ¿La esperanza de un mejor país? Quizá no. ¿El respeto al arte? Tal vez en otro siglo. Pero, ¿se puede disfrutar la vida diciéndole adiós a todo cuanto va pasando ante nuestros ojos? Quién sabe, ya no está José Emilio Pacheco para preguntarle. Su poesía puede servir de oráculo. Al azar, sale un poema, "Lección de estilo" (Siglo pasado (desenlace), Ediciones ERA, 2000):

Lección de estilo: los sapos
a orillas de su charca, bien sentaditos, frescos, felices, 
con la piel húmeda bajo el calor del verano,
parecen dar las gracias por su breve existencia

No es gratuito; en la página que se abra de cada uno de los libros de Pacheco, como un leitmotiv, aparece esa certeza: nunca más un momento como el de hoy, como si fuera una voz desde el más remoto ayer la que habla. La cosa es que el más remoto ayer empieza ayer mismo. "Está tan perdido el 6 de agosto de 1634 como el día de ayer". Pero lo decía con tanta timidez y como de pasada, que esta frase tan lapidaria se perdía entre otras muchas. Y entonces, hablaba de Enrique Gómez Carrillo y cómo era posible que su amante fuera la gran Mata Hari. O se refería a Leopoldo Lugones, "el poeta más fiel del mundo". Sólo que muchos años después se supo que no era así, pues una investigadora descubrió las cartas dirigidas a su amante, regadas literalmente con sangre y lágrimas. El hijo de Lugones fue el primero en utilizar la picana eléctrica como instrumento de tortura por la dictadura. Si no comienza a tejer y tejer los hilos de las anécdotas se llegan a conclusiones asombrosas. Se repite mil veces: "¿Qué chiquito es el mundo!". La última novia de Amado Nervo era tía del Che Guevara. El poeta mexicano Francisco A. de Icaza vivió en España, allí escribió sus poemas hoy olvidados, en los que abordaba constantemente un tema, el de la vida como un camino; en estos poemas se inspiró Antonio Machado, quien recogió varias de las ideas de Icaza para su obra propia. "El mexicano de España y el español de México, a quien no se recuerda en ninguna de sus dos patrias", dijo Pacheco de Iacaza, cuando fue a recibir el Premio Cervantes, en 2010. Se lee a los clásicos de nuestra literatura para sacarlos del olvido, y se escribe para levantar una obra, una obra que, pàradójicamente, está condenada al olvido. Aunque quién sabe... No sé si el poeta cree en verdad en el olvido, o cree como Jorge Luis Borges, que no existe el olvido.
¿Es inmortal la poesía? Desafortunadamente, no. Los poetas tejen con sus versos grandes nichos mortuorios. Y sólo de vez en cuando se regresa para revisar el pasado. Vivimos de sentencias lapidarias, depositadas en las tumbas de nuestros escritores. ¿Quién sabrá cómo era la poesía neoclásica del siglo XIX, y quién sabe si tiene algo en común con nosotros? En los años 60, Carlos Monsivais y José Emilio Pacheco  se dividieron la tarea de compilar y prologar la poesía mexicana de los últimos dos siglos. A Monsivais le tocó la tarea de reunir a los poetas posteriores a Tablada y López Velarde. Y a José Emilio, los autores del siglo XIX, los que nadie toma en serio, los excluidos, los que se convirtieron en piedra y hoy sólo son monumentos. Pacheco continuó su lectura, y publicó su Antología del Modernismo, en la UNAM (1970). Dice Fernando Vallejo que la crítica literaria es similar a una jungla en donde los pericos se la pasan repitiendo lo que escuchan. Eso pasó precisamente con el Modernismo, la escuela que, en el siglo XIX, iniciara Manuel Gutiérrez Nájera y que significó una liberación de los modelos españoles. Pacheco volvió a leer esa poesía escrita sobre todo entre 1880 y 1910, y cambió la manera de leerla. Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Francisco González León, Enrique González Martínez, María Enriqueta, eran autores cuyos nombres no decían nada a los jóvenes de entonces. Ni siquiera Ramón López Velarde. En una ocasión, José Emilio pudo platicar con una de las novias del autor de Zozobra, y le pidió que le dijera exactamente en dónde vivía el poeta. Con esas señas pudo encontrar la casa, y descubrió que era una vecindad deteriorada. Gracias a esa investigación, se pudo recuperar la casa donde murió Ramón López Velarde, a los 33 años, a causa de una neumonía producto de caminar en la madrugada, platicando de su ídolo Michel de Montaigne, y convertirla en la Casa del Poeta.
Por esta célebre Antología sabemos que antes del Boom, ya había existido una generación literaria en español que había tenido un circuito internacional en Europa, y a la que habían pertenecido autores como Rubén Darío y Amado Nervo. Esos autores modernistas fueron los primeros en decir en Europa que la literatura hispanoamericana existía. Si antes Europa ignoraba a nuestros autores, desde entonces dejó de darse ese lijo. Primero Nervo, luego Alfonso Reyes, más adelante Juan Rulfo y Octavio Paz; la literatura mexicana dejó de ser desconocida en otros países. Recientemente, cuando Elena Poniatowska ganó el Premio Cervantes, José Emilio dijo certeramente: "En México no gusta la literatura mexicana". Si en un lugar es desconocida nuestra literatura es aquí. Pero, esperen. Llego a una encrucijada. Desde aquí puedo caminar hacia varios rumbos para hablar de la generación de Pacheco, de su historia personal, de sus influencias literarias, de sus ideas sobre la literatura, de los géneros que practicó...

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