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martes, febrero 14, 2012

HISTORIAS DESGARBADAS (LA NOCHE ESTRELLADA)

Por varias razones, aquellos memorables viajes me resultan de gratos recuerdos a pesar de las peripecias que consigo trajeron y del tiempo transcurrido desde su realización.

Era el año de 1998 (lo recuerdo por haber sido un año especial), el mes de diciembre; reinaba la algarabía producto del período vacacional que para la mayoría de nosotros comenzaba aquel día de principio de mes, y que culminaría durante los primeros días del año siguiente.

El reloj casi marcaba las cuatro de la tarde, todo estaba dispuesto para salir disparados a disfrutar de unas merecidas vacaciones; sin embargo, al final de la jornada se nos comunicó la existencia de trabajo a destajo, que tendría que ser realizado en el estado de San Luis Potosí.

Una vez sorteados los paquetes, nos preparamos para salir esa misma tarde a los lugares referidos, mismos que no ubicábamos, pues no se contaba con los planos correspondientes que nos orientaran, lo cual, no representaba una situación ajena para nosotros, muy a menudo se presentaban estos contratiempos y de esta manera, partimos suspensos de lo que nos depararía el destino.

A pesar de lo singular que resultó aquel evento, no recuerdo el nombre del poblado que me tocó cubrir, lo que si recuerdo, y que es parte de lo inolvidable de aquellos viajes, es la travesía que había que realizar para llegar al lugar en cuestión.

La complicación no sólo derivó de las casi ocho horas que tardé en llegar al sitio señalado, sino el camino que comunicaba al mismo, después de llegar a un pueblo llamado Hernández, quedaban tres horas más de trayecto de terracería, el cual había que transitar lentamente pues de lo contrario, se corría el riesgo de quedarse a la deriva por los daños que pudiera sufrir el vehículo.

Llegué al lugar asignado y de inmediato me invadió el desconcierto combinado con ansiedad, pensé en el acto: “dónde estoy y qué chin… voy a hacer”, la comunidad no contaba con un solo metro cuadrado de banqueta de cemento, mucho menos, de camino asfaltado, era un verdadero laberinto y mi trabajo consistía en hacer un plano detallado del pueblo.

Bueno, ya no podía hacer otra cosa más que empezar a trabajar, el problema, es que no tenía la menor idea de por dónde hacerlo. Elegí la iglesia del pueblo como punto de inicio, porque eso sí, las carencias eran bastantes y pronunciadas, pero un templo de expiación no puede faltar en ninguna parte, porque es fácil perder la esperanza en lo tangible; pero más fácil sostenerla en lo invisible y más aún, cuando a quien la profesa… es lo único que le queda.

La noche me sorprendió sin haber realizado un avance significativo, y tenía que regresar al municipio de Hernández donde se localizaba el hotel (en realidad era una posada) que me albergaría para dar inicio al día siguiente a temprana hora.

Aquí se presentó otra de las causales de esta inolvidable aventura: el frío. Jamás en toda mi existencia había sentido (ni he vuelto a sentir) un frío tan demoledor como en aquellas noches; por más cobijas, cobertores y hasta cartones (y no de cerveza que es lo que menos hubiera querido en ese momento) que solicité a la administración del hotel, no fueron suficientes para quitarme lo acalambrado, no era posible conciliar el sueño y con ello, también… había que lidiar.

Cuando apenas comenzaba medio a dormitar, los gallos iniciaron su cantaleta (por si algo faltara) entre las tres y cuatro de la madrugada. Ni hablar, “son gajes del oficio”, me decía a mí mismo tratando infructuosamente de consolarme. De esa manera amaneció y el sol se asomó, apenas calentando los resquicios de la calle donde se posaba.

Por fortuna encontré ese mismo día una casa en la cual se vendía comida; a partir de ese momento se erigió en un refugio para mí, pues aparte de desayunar, comer y, en ocasiones, hasta cenar ahí, las personas que atendían se convirtieron en mis mejores amigos y aliados en aquel inhóspito lugar cuyos lugareños veían en mí a un extraño que se encontraba merodeando por todos lados.

El trabajo más que exasperante resultaba desesperante; cada vez se volvía más complejo y el progreso menos visible. Pero no todo era malo, a cada paso me encontraba con gente que amablemente me saludaba y se acomedía a servirme en todo lo que a su alcance estuviera, con una generosidad que nunca más he vuelto a encontrar.

En uno de esos momentos, me topé con un señor de edad avanzada que me explicaba una de las problemáticas que vivían en el pueblo. Siendo un lugar cien por ciento dedicado a la agricultura (a la siembra del frijol principalmente), padecían de falta de organización no adjudicada toda a ellos, pues en cuanto a los apoyos económicos que recibían por parte de la Federación, me comentaba, llegaban a destiempo, es decir, no en la época en que se requerían, sino posterior al mismo y sucedía que dichos recursos eran destinados a distracciones (que dicho sea de paso no había muchas en el pueblo) que en poco contribuían a sacar el mayor provecho en sus respectivas siembras.

El lugar que me servía de comedor, era habitado por una mujer y un hombre de aproximadamente 40 años de edad; además de dos señoritas y un menor, los tres últimos, hijos del matrimonio; una de las muchachas rondaba los 22 años, le seguía otra menor de 15, aproximadamente y el chico de unos 12.

Me comentaban que al igual que la mayoría de los habitantes del lugar, contaban con sus tierras para sembrar, a las cuales acudían desde temprana hora (6 de la mañana) y sin distingos, lo mismo salían a su cultivo los papás, que los hijos, aun cuando había escuela, el margen de ocupación era bastante bajo, comentario que me llegó a realizar el único médico que atendía en un rústico consultorio ubicado a las orillas del pueblo.

Era época prenavideña, los adornos comenzaban a tenderse a todo lo largo y ancho del edificio religioso, donde la gente se congregaba en gran cantidad para escuchar los sermones que el párroco les dictaba, dejando en el interior del inmueble sus plegarias a cambio de esperanzas que hoy en día, seguramente para muchos de ellos, no se han cumplido… y nunca se cumplirán.

Mi trabajo comenzaba a tomar forma, continuaba mis recorridos cuando en el camino la sed me invadió y llegué a una pequeña tienda la cual en sus afueras se encontraban ubicados varios bloques de cemento que eran utilizados como bancas y estaban ocupadas en su totalidad por lugareños que ingerían cebadas a placer.

La tienda contaba con el único teléfono cuya conexión era vía satelital; aproveché para hacer algunas llamadas y a continuación pedir un refresco, y en esas estaba cuando un señor se me acercó y me ofreció una cerveza… no gracias, no tomo, respondí… ja, ja, ja, ja (risas grabadas) ya parece, claro que acepté, pues fue un detalle espontáneo y no consideré cortés despreciarlo.

Fue una reunión muy agradable, más adelante salieron las guitarras y comenzamos a cantar. La noche me sorprendió y opté por retirarme, pues aún tenía que realizar el recorrido de regreso al lugar donde me hospedaba.

Al día siguiente, casi a punto de concluir mi labor, me topé con un hombre que de forma cordial me preguntó qué hacía, al contestarle y hacerle saber lo complicado que resultaba hacer aquel trabajo, caviló por un momento para enseguida responderme que él poseía varios planos de toda la comunidad y pueblos circunvecinos y que me los podía proporcionar… me lleva la rechin… Bueno, con agrado acepté y nos dirigimos a su casa.

Era mediodía, al entrar, me sorprendió ver acomodados muchos bultos que contenían frijol, producto de la cosecha que recientemente acababa de realizar, le comenté que este año le había ido bien, juzgando por la cantidad de costales apilados que podía observar.

Me respondió que eso que veía era muy poco, realmente, que el kilo se lo pagaban a 4 pesos en ese entonces cuando en el mercado se encontraba casi a 18. Fue un “flashazo” el que me recorrió, pues habiendo notado el pesado trabajo que realizaban para conseguir el producto, era de una injusticia mayúscula lo que sucedía en el proceso de mercado, le comenté que deberían conformarse en una cooperativa, que vendiera directamente a los grandes establecimientos pero sin intermediarios.

Pasamos a lo que nos llevó a su casa, me mostró los planos y efectivamente eran los que requería, aunque ya había concluido casi con mi trabajo, sólo me sirvieron para comparar, me invitó a desayunar: huevos a la mexicana, frijoles de la olla, queso que se producía ahí también y un café (hirviente) delicioso, mejor desayuno... no pude haber tenido.

Ya sólo me quedaba un día en el poblado, terminé cerca de las 6 de la tarde mi trabajo y me dirigí a la casa - comedor. El tiempo se me hizo ligero y me dieron casi las 8 de la noche, tal vez eso sucedió por el relajamiento sufrido al saber que el trabajo estaba concluido.

Me despedí no sin antes acudir de nueva cuenta con la persona que me proporcionó los planos y agradecerle infinitamente su aportación, aproveché a la vez para comprarle varios kilos de frijol (a precio de mercado por supuesto) y una buena dotación de quesos.

En el trayecto del camino de terracería que se hacía en casi tres horas, se gestó lo que considero fue algo mágico. No lo había notado, mas de repente observé el cielo y vi aquel espectáculo que hoy en día no ha mermado en su admiración: la Noche Estrellada.

Detuve el vehículo y descendí del mismo para contemplarlo detenidamente, no llevaba prisa. Fue algo maravilloso, no sólo eran las innumerables estrellas que iluminaban la noche, también, se podían observar aves (aquí exóticas) que sobrevolaban trazando círculos por los aires, lo mismo se veían lechuzas que halcones y águilas, volteaba para todos lados y no se veía vestigio alguno de civilización, no había un solo foco, antena u otro artefacto producto de la tecnología que se visualizara desde aquel lugar, era cautivador.

Ya con lo vivido el viaje había valido la pena; sin embargo, aquella obra de la naturaleza le dio un sentido mayúsculo que inclinó la balanza considerablemente a mi favor, me sentí afortunado porque no cualquiera ha tenido la oportunidad no sólo de observar espectáculo similar, sino de disfrutarlo como en ese momento lo hice yo, que, a pesar de encontrarme en una profunda soledad, no fue impedimento para sentir una emoción nunca experimentada y reflexionar acerca de lo pequeños que somos y de lo mucho que nos perdemos por anhelar una felicidad basada en la suntuosidad.

Los años pasaron y con ellos, aquella Noche Estrellada se hizo presente nuevamente en forma distinta pero con igual intensidad; volvió cargada de emoción, de magia, de vida; sin embargo, a diferencia de la primera ocasión, en ésta, las estrellas comenzaron a conformarse en una sola, volviéndola inmensa, imponente, al grado de adquirir una luminosidad multicolor que hacía imposible dejar de admirarla.
Lamentablemente, aquella estrella, de belleza sin igual, se tornó fugaz y su fulgurante luz decidió enfocarla hacia otros horizontes. De cualquier manera, hace tiempo cada noche no dejo de mirar esperanzado al cielo y soñar que tal vez, sólo tal vez, vuelva a observar nuevamente una… Noche Estrellada

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me has dejado sin habla...Creo identificarme con parte de este relato..Ahora ese cuadro de la noche estrellada será más especial para mi..Te quiero mucho...