Hace miles de años (quizá no tantos), cuando cursaba el último semestre de la licenciatura, nos encontrábamos reunidos varios compañeros intercambiando impresiones acerca de cuál sería el aprendizaje de mayor importancia obtenido durante la misma.
Siendo que dicha carrera se deriva del área de humanidades y corresponde al estudio de la Ciencia Política, el abanico de respuestas resultaba tan amplio, como interesante.
Dentro de las opiniones, alguno mencionó que debatir fue lo más significativo que aprendió a realizar durante su paso por la Universidad; otro más, le dio mayor importancia a la investigación; aquél, dijo que saber identificar problemas y proponer soluciones es lo más relevante que se lleva como bagaje; respuestas todas, sin duda, de mucho contenido.
Sin embargo, hubo una en particular que a la fecha sigo considerando la más acertada y tal vez, la menos tomada en cuenta en aquella exquisita reunión: aprender a pensar.
Efectivamente, pareciera que es una locura dicha respuesta, pues todos (suponemos) sabemos pensar. En teoría, es totalmente cierto, en la práctica... no es así.
Intuir no es lo mismo que pensar; una intuición corresponde a una reacción que puede ser incluso involuntaria, generada por la experiencia; en tanto que un pensamiento estructurado considera igual la experiencia pero también el conocimiento, el entorno, las consecuencias; claro, si entendemos que de un pensamiento se deriva una acción, aunque mucha gente actúa de manera inversa y es cuando se topan de frente con las catástrofes que sus acciones (no pensadas) han generado.
Seguramente todos nos hemos encontrado en una situación donde nuestro interlocutor comienza a divagar e inventar situaciones increíbles donde -supuestamente- él o ella ha participado pero, que realmente jamás han sucedido.
Igual sucede, cuando decimos que podemos realizar tal o cual maniobra u hazaña, y nos proyectamos en el imaginario escenarios construidos sin sustento lógico, que nos llevan a caer en contradicciones y terminar haciendo verdaderos ridículos, cuando bien nos va; tal es el caso de la grandiosa historia de 'Don Quijote de la Mancha'.
Y nos podemos preguntar, cómo es posible que un buen libro (cualquiera que sea) concebido totalmente de la imaginación, se encuentre inmerso en una consonante lógica y coherencia, y no pueda suceder de la misma forma con una historia en la vida real; es muy sencillo de explicar: nosotros contamos con una historia que sustenta nuestros hechos, es decir, si alguien me dice que se aventará desde un trampolín de 20 metros de altura, pero nunca lo ha hecho, o ni nadar sabe, y si conozco de antemano ese atenuante, claro que no creeré que pueda arrojarse; en el caso de los libros, la historia son ellos, no hay otra que la preceda.
Un pensamiento es la plataforma de una decisión u acción, lo cual nos lleva a concluir que un pensamiento mal estructurado, nos guiará a tomar una mala decisión, o, a llevar a cabo una acción equivocada, con todo y lo que ello contrae.
Por el contrario, nuestra mente es capaz de elevar nuestros pensamientos en forma de escenarios, construidos con trozos de información unidos por medio de la lógica y la coherencia, lo que nos ayuda en la anticipación de movimientos, descubrir actitudes ocultas, o manejar situaciones de contingencia de la mejor manera.
Pensar es fácil, hacerlo de forma correcta... no lo es tanto...
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